Sección CARPE VERBA

Javier Fernández Delgado
Docente, investigador, historiador, editor y experto en edición digital.
Ha publicado Escuchando con los ojos en la era digital y otros artículos sobre el uso didáctico de los dispositivos móviles, y el libro digital El lector móvil: del jeroglífico al emoticono. CV en El lector andante.
—‘Susisó korokotó', así, justo así resuenan y avanzan, rebotando por las paredes del cráneo, las siete sílabas de la frase ─qué pena de octosílabo─ a lo largo de la ruta fonológica que recorre su cerebro, despertando este eco de su memoria. '¡Susisó korokotó!', que parece que se pone a gritar de pronto. Y como con un fogonazo se dice a sí mismo que visualiza con nitidez, como si fuera hoy y ahora, la imagen de Popocho recitando los versos rimados en japonés, gesticulando sobre el escenario repleto de músicos, junto a la Orquesta Mondragón, en una de las raras veces en que ese mimo extraordinario y menudo decía algo en voz alta. Una frase en japonés inventado, porque la hemos buscado en la Red y no parece existir en esa lengua. La hemos rememorado en nuestro encuentro de hoy, de viejos amigos. Ha empezado él la retahíla, pero he seguido yo enseguida, como buenos cómplices que somos. Pero ya lo creo que la frasecita existe en el mundo real, ambos la recordamos y bromeamos con ella de vez en cuando, lanzándonosla como si fuera una pelota que devolvemos con la raqueta: blub, blub, blub, blub.
Pero una cosa es imaginarla o vocearla y otra muy diferente es escribirla, que es lo que estamos intentando hacer ahora. ¿Cómo demonios se escribirá? O, mejor dicho, ¿cómo se transcribirá?, porque los caracteres japoneses vaya usted a saber. Cuando él, mi compinche, hace la consulta en el buscador, este le devuelve casi una receta, ‘sushi socorrocotó’, con ecos de platos japoneses y de gritos pidiendo ayuda. ¡Socorrooo!
En realidad ese del que estoy hablando soy yo mismo, que me escondo en la tercera persona, como Cervantes con Hamete, aunque a veces pienso que de quien estoy hablando es de ti, que te escondes en la segunda persona, pero es que últimamente te he notado esos fallos de memoria, ¿entiendes?, que no te acuerdas de cosas que deberías recordar, cosas importantes. ¿Serias? No sé yo. Porque hay de todo en el saco agujereado de los recuerdos: carcajadas de la memoria, bromas, chistes, sátiras, sarcasmos, ironías, despropósitos, juergas, fantasías, delirios. Posos variopintos de lecturas y charlas de otros tiempos. Como cuando me llevabas a caballito en el pasillo del colegio y de la risa que me dio me hice pis, pero nadie se dio cuenta, solo yo, tú tampoco, te has enterado hace nada, el otro día, cuando te lo he contado.
¿Te acuerdas que Luis fue el que nos dio a conocer el ‘Hoy comamos y bebamos que mañana ayunaremos’ de Juan del Encina que tanto avío nos hace en estos tiempos? ¿Que también lo cantaba en clase, como dices tú? Pues de eso no me acuerdo, francamente, pero no me extrañaría, menudas clases eran las suyas, extraordinarias, memorables, y eso que decían que iba con un cayado por los montes de su pueblo de Segovia cantando y recitando a voz en grito. Una vez se lo pregunté y me dijo que sí que lo hacía y que la gente debía de pensar que estaba loco. No me confirmó que le tocaba un pie lo que pensara al prójimo, pero lo deduje yo solito. ¡Arre, maestro!
Como cuando aquella vez que había nevado y camino de clase los alumnos se alineaban a los lados y cogían nieve con las manos mientras la amasaban en bolas y hacían el ademán de tirarlas a los profesores que iban camino de las aulas, de tirármelas a mí también, que ahora era uno de ellos. Pero ninguno se atrevió a hacerlo al final. Saqué la valentía del recuerdo de la actitud de los maestros con nosotros, unos cafres ignorantes que debíamos de darles un poco de pena, una amabilidad propia de su juventud, porque ellos eran entonces veinteañeros, y nos llevaban solo diez años. Una lástima no haber recibido ese bolazo de nieve, una oportunidad perdida de reírme ahora las tripas, como decía aquella chavala de cuyo nombre no me acuerdo aunque sí de su mantra personal, tan peculiar.
─¿Pero de verdad no te acuerdas de haber lavado la fruta que cogimos ayer en el paseo por el páramo donde estaban esos frutales en los arenales, no sabemos si medio abandonados o quién demonios los cosechará? Pues las lavaste, a fe mía, me dices, compañera de mi vida. Yo rebusco pero no encuentro el dato en la cesta de los recuerdos recientes, como tantas veces, cada vez más. Normal, me dicen los que me aprecian. Normal, son los años. Ya, ya. pero ¿cuánta gente vive ahí dentro, cuántas voces distintas tengo que escuchar cada día?
Estás en la silla esperando el turno para que te atienda el médico y miras una y otra vez el recibito de papel que te ha dado la máquina después de meter la tarjeta, y no hay manera de retener de memoria los tres puñeteros caracteres. ¡Pues usa algún truco, hombre de Dios, ayuda a la memoria! Por ejemplo, este es muy fácil, ZQ3, zoquete, zoquete. ¿Ves?
Veo, veo, ¿qué ves? Veo una cosita detrás de otra, que cuesta mucho detener la mente, fijarla, mantenerla en silencio, aislada del ruido exterior, como si bajaras con el móvil el volumen del audífono y eso te permitiera dejar solo a tu verdadero yo, la mente que te constituye por dentro, y que desde luego tampoco para, sino que habla a voces, bajas y altas, a veces superpuestas, una algarabía o guirigay que cuesta seguir. ¿Pero no estabas buscando el silencio? Pues toma dos tazas.
—‘Susisó korokotó’, repite tu mente sin pedirte permiso para ello. ¿Puede una frase que no significa nada decir tanto? Socorro, sokorro, ¡socorro! No nos ha dado tiempo a gritar, nos hemos ahogado. Mi padre nos acaba de sacar desmayados del agua, a los dos hermanos nos había tragado un remolino mientras nos bañábamos gozosos en la playa de Las Canteras, y con mimo nos devuelve la respiración y la conciencia, y nos dice que para que no cojamos miedo tenemos que volver, …volver a las aguas. Entonces corremos hacia las olas, todavía corremos. Gracias, papá.
Qué suerte poder recordar sin gobierno, qué suerte vivir con memoria, qué suerte poder leer o escuchar las memorias de otros. ¿Qué me importa lo que signifique originalmente ‘Susisó korokotó' si para mí es una de las llaves de la alacena de la memoria, que ahora abro, donde mi abuela Mercedes nos regala la felicidad de la anarquía de la infancia? ‘Toma, Javierín, una rebanada de pan de hogaza con aceite y azúcar, vete a correr por ahí’. Estoy por irme a la colección de especias de la cocina y oler algunos botes, para averiguar qué recuerdos despiertan.
─‘Susisó korokotó', me digo mientras te miro desde afuera, y al mismo tiempo te veo desde dentro, yo, tú, él, ese que a veces parece ser otro, que va por su cuenta, mi Hamete, que se ríe de mí y mis esfuerzos vanos de entender lo que pasa, amanuense de recuerdos que no sé si son míos, suyos o de él, o acaso de los tres, siempre cayendo, sacudiendo el polvo del tropiezo y levantándonos los tres para hablar en japonés.
